¡Ay, el amor! Hay pocas cosas que nos quiten tanto el sueño como el amor…¡ya sea para bien, o para mal! El amor siempre mantiene su lugar en el podio de los tres grandes deseos que todo el mundo pediría: ¡salud, dinero y amor! Y para muchos ocupa el primer puesto, pues aun faltando el sustento económico o sufriendo de una enfermedad, la sonrisa o el abrazo de la persona querida hacen que la vida conserve su brillo y alegría a pesar de todas sus dificultades.
Decía el sabio Platón que «el amor era conocido de antaño como el gran tirano, el carcelero de la voluntad»… ¡y quienes somos nosotros para contradecir a Platón, quien escribió largo y tendido sobre todo lo que merece la pena escribir! Más no podemos evitar que nos surja la duda: ¿de qué tipo de amor estaba hablando Platón? ¿Y puede ser este el caso del gran poder del Amor, que mueve el Universo? Nótese que hemos escrito por vez primera el Amor en mayúsculas para diferenciarlo del amor pequeño del cual hemos estado hablando hasta ahora. ¿Y en qué se diferencian?
Vamos a intentar delimitar un poco el área de estudio para sacar alguna cosa clara. Primeramente, centrémonos tan solo en el amor romántico, el amor de pareja, pues el amor hacia un familiar o un amigo es un tema para otro día. En segundo lugar, intentemos averiguar cómo podemos definir o clasificar este amor romántico: ¿pueden haber diferentes tipos o grados de amor? ¿Es lo mismo el amor entre dos adolescentes que se conocen en un verano turbulento y el amor de una pareja de ancianos con una vida juntos a sus cansadas espaldas?
Para llegar al corazón del asunto recurramos a la sabiduría de la milenaria India. Si algo caracteriza a la tierra que dio luz a los Vedas es su gran profundidad con la que ven la vida, su visión metafísica del Universo y la belleza con la que se plasma la creación. Así pues, siguiendo uno de los principios de su filosofía, y con un poco de ingenio aplicando ese principio al gran enigma del amor, veremos que podemos dividir el amor en siete grados; siete, número filosófico y místico por antonomasia, que se encuentra a nuestro alrededor allá donde miremos. Estos siete grados nos hablarán de un amor más bruto y material que va elevándose a medida que desarrollamos nuestro tema.
Y bien, cuando conocemos a una persona, ¿qué es lo primero que nos puede provocar un sentimiento de «amor a primera vista»? En efecto, es la apariencia de esa persona, en otras palabras, el físico. No hace falta hablar mucho de este tipo de amor para que nos hagamos una idea de lo que implica; y sin duda, ¡sería muy fácil caer en lo más soez y grosero con este tema! Se trata de la atracción al cuerpo, que compartimos con todos los animales, y que por suerte o por desgracia, asegura la supervivencia de la especie humana en la tierra. Es, entonces, la forma más cruda de amor, la más básica, y que a menudo representa la única forma de atracción entre muchos individuos.
Posiblemente hayamos escuchado alguna vez la expresión «el roce hace el cariño»; esto nos sugiere que el hecho de pasar tiempo junto a una persona, de compartir actividades o vivir experiencias juntos, hace que nazca una atracción entre las dos. Pues bien, he ahí nuestro segundo grado de amor: el amor por rozadura, o atracción por convivencia.
En este punto cabe mencionar que estos dos primeros grados de amor no tienen porqué considerarse amor como tal: entre personas con cierto grado de madurez y dueños de sus impulsos puede haber cierta atracción física y una gran compenetración en su vida diaria, y sin embargo pueden llegar a mantener una sana y duradera relación de amistad sin que se entrometan los impulsos de por medio—aunque, lamentablemente, para muchos otros eso sea causa de infidelidades y de separaciones.
Llegamos finalmente al tercer grado de amor, que es el que más reconocemos como amor en sí: se trata de la atracción de los sentimientos, de las noches sin dormir, de las mariposas en el estómago. A partir de aquí ya podemos hablar de amor romántico, de amor de pareja. Este es el amor que causa el enamoramiento, esa sensación de caminar sobre las nubes que es tan prominente en los primeros años de una relación; y el que, cuando con el tiempo se desvanece o se diluye, es el gran culpable de la «pérdida de la chispa».
Llegamos ahora al amor duradero, el amor cultivado durante una vida, el amor de la experiencia: cuando el físico se marchita, cuando la novedad de vivir juntos ha pasado, y cuando ya solo queda un recuerdo de ese sentimiento de enamoramiento juvenil; ¿qué nos queda? Nos queda la persona en sí, sus pensamientos, sus ideas. Se trata de la atracción de la mente, del carácter de la persona, con sus hábitos y sus maneras de hacer. Este es el amor que ganan aquellas personas que han sido capaces de alimentarlo, un amor que puede durar toda una vida. Para muchos se trata de la forma más pura de amor, el amor verdadero; ¡pero recordemos que todavía nos quedan tres más! Y sin duda, incluso un amor como este se puede corromper: pues encontramos muchos casos de personas que llevan viviendo toda una vida juntos, y que seguirán hasta el final; pero quienes están constantemente discutiendo, sin una sola palabra de afecto o de amor entre ellos, y cuya vida juntos consiste más en una necesidad tolerada que en un matrimonio de amor. Recordemos siempre que la mente es traicionera, y que si no la mantenemos joven, alegre y flexible, corremos el peligro de que nuestro amor se marchite como nuestro cuerpo.
Ahora bien nos podemos preguntar: ¿qué es aquello más elevado que el carácter, la mente de una persona? Se trata de aquello que trasciende la mente individual, la atracción de la parte más elevada de una persona; la que, según la filosofía de la India, es nuestra parte Divina e Inmortal. Aquí finalmente podemos, quizás, atrevernos a hablar del Amor en mayúsculas: el Amor Espiritual, que por naturaleza es puro e imperecedero. Este es el Amor a los grandes Ideales, el Amor de compartir el sentido de la vida. Es un amor que hace brillar a las personas; un Amor que pule los pequeños defectos y saca a relucir lo mejor de cada uno. Cuando dos personas comparten este Amor son un pequeño faro de luz que ilumina a todos a su alrededor.
Habiendo conocido tan álgida forma de amar, ¿hay algo que esté por encima? En sexto lugar llegamos al Amor en estado puro, el Amor que trasciende todas las palabras, toda descripción, toda emoción; el Amor por Amor. Aquellos individuos afortunados de compartir este Amor no necesitan palabras para expresar sus sentimientos: han pasado por encima de todo aspecto físico y mental, y podrían pasar todo el día sin dirigirse la palabra el uno al otro, y aun así permanecer en la más compenetrada armonía y unión.
Y bien, recordemos que hemos hablado al principio de siete grados de Amor. ¿Qué puede haber en esa cumbre empírea, ese Amor último y total? Lamentablemente nos hallamos delante de la puerta del Gran Misterio, que permanece cerrada ante toda especulación y suposición. ¿Pudiera tratarse quizás de ese Amor primordial que anima el Universo? ¿Cómo llegar a imaginar, a concebir ese Amor? Simplemente, no podemos. Este Amor último es el secreto de los Dioses, y como tal, está fuera del alcance de todos nosotros.
Llegamos al final de esta retahíla sobre el Amor, esta vez ya sí, en mayúsculas. ¿Y qué nos llevamos de todo ello? Lo más importante es entender que ninguno de todos esos tipos de amor es malo. La atracción física, a pesar de ser la más elemental de todas las atracciones, tiene su propio papel dentro de la gran obra del amor; solo hay que recordar su lugar correspondiente, y no intentar darle más importancia de la que tiene—pues con el paso de los años acabará desvaneciéndose. Sin embargo, si ponemos nuestra mira en un amor más elevado, más duradero; si intentamos cultivar una relación basada en aquello realmente importante en nuestra vida, veremos que de manera natural todas aquellas formas más materiales de amor también se verán beneficiadas. Más allá de las partes más sensuales del físico podremos reconocer el brillo de la sonrisa, la calidez de la voz, y la profundidad de la mirada; la novedad de la convivencia no desaparecerá, sino que cada día se podrá descubrir otro lado nuevo de la persona amada, y cada día será una aventura; la pasión tórrida de la juventud se transmutará en la serenidad de la experiencia, igual que un caudaloso río desemboca en un lago apacible; y sin importar los años que transcurran, siempre habrá una palabra de amor y un verdadero «amor a primera vista» al acabar el día y volver a encontrarse con el compañero de vida.




