En cierta noche, lejos de la cegadora luz de las ciudades que nublan y oscurecen la magia del firmamento, llevados por un impulso —quién sabe de dónde— alzamos los ojos a los cielos y quedamos maravillados por el tapiz fulgurante de las estrellas. Vemos a Sirio, la estrella más brillante de la bóveda celeste, protector del Antiguo Egipto: un faro en medio de la oscuridad; la madre Luna nos ilumina con su manto plateado, ocultando los misterios del Cosmos; y Venus, bello portador de luz, quien despide al Sol en su viaje al Inframundo, o presagia su renacer acompañando el alba.
Desde los tiempos más remotos de la humanidad, los seres humanos se han visto cautivados por los cielos, y han buscado en sus extensiones las respuestas a sus orígenes. En las constelaciones se halla encerrado todo el saber que los grandes filósofos y sabios de la antigüedad grabaron en los cielos como archivo imborrable de los misterios de la creación y de los ciclos de toda vida en la tierra. Pero, con el transcurrir de los siglos, esos mismos sabios, junto con sus enseñanzas, se desvanecieron en las arenas del tiempo, de manera que se perdieron las llaves que abren las puertas de la sabiduría empírea; y esas puertas —los mitos y leyendas encerrados en las constelaciones— aparecen ante nuestros ojos como meros cuentos e historietas para entretener a los niños. Aun así, esos relatos transmiten ideales, arquetipos, principios y leyes que hablan a nuestra parte más elevada… si podemos conectar con ellos.
No es menester, sin embargo, menospreciar todo el conocimiento que se ha ido cultivando gracias a los avances tecnológicos y científicos, que en el caso que nos concierne toma la forma de la Astronomía. De sus raíces ἀστήρ (estrella) y νόμος (ley o norma) obtenemos «leyes de las estrellas», es decir, la ciencia que estudia los cuerpos celestes, su composición, movimiento, origen y muerte; en definitiva, todos los procesos visibles de la materia espacial. A ella debemos nuestro conocimiento de la edad de las estrellas, sus ciclos, y el mapa intergaláctico que hemos elaborado con todas aquellas galaxias, cúmulos y supercúmulos que nos rodean. Debemos, pues, el conocimiento del universo observable a tan loable ciencia.
Y pues, ¿qué decir de los mitos ligados a las estrellas y constelaciones, que nos han llegado como legado de nuestros ancestros? Solamente que son enseñanzas enmascaradas en alegoría y fábula que revelan leyes naturales y principios del Universo. Estos mitos están teñidos del color particular de la cultura que los concibió, pero bajo ese pigmento encontramos la misma tela, el mismo entramado de ideas: ya sea el Zeus griego, el Indra védico, o el Odín nórdico, todos ellos son soberanos de los dioses de su panteón correspondiente. Algunos comparten atributos, como Zeus e Indra, siendo dioses del Trueno o Rayo, uno de los representantes más poderosos de la fuerza de la naturaleza; Odín, en cambio, está asociado con la sabiduría, la poesía, e incluso la batalla y los muertos. Pero más allá de esos atributos personales, frutos de las interpretaciones temporales de su época, encontramos que todos ellos personifican la Ley del Universo, la fuerza creativa e impulsora del mismo. Todos ellos son entes motores de acontecimientos, impulsos de energía que mueven la naturaleza, como podemos apreciar en los numerosos relatos en que Zeus se une con mortales para dar luz a los grandes semidioses y héroes de la mitología griega. Todo ello es símbolo de la penetración del espíritu en la materia.
Puede que nos parezca todo un tanto confuso; puede que nos venga a la cabeza la imagen de un enorme laberinto, plagado de ideas y conceptos variopintos y complejos, ¡que muchas veces parecen contradecirse entre sí! Eso es porque la mitología está compuesta, en su esencia, de símbolos; y lamentablemente, el ser humano contemporáneo ha olvidado el cultivo del simbolismo. Los únicos símbolos que nos son familiares hoy en día son las señales de tráfico, además de logotipos utilizados por empresas y marcas comerciales, que no son sino una aplicación superficial de los símbolos. Pero los símbolos, en su esencia, son construcciones de significado que hablan a la parte más alta del ser, sobrepasando la razón y penetrando directamente en la parte intuitiva de las personas; son la manera de comprender realidades espirituales con nuestro limitado aparato material. Es por eso que el lenguaje simbólico formaba parte íntegra de las mitologías de todas las culturas en dónde encontrábamos sabios capaces de transmitir la sabiduría inmortal a través de símbolos: moralejas y fábulas para la población en general, lecciones sobre el Universo para aquellos que podían descifrarlos.
De pronto, una estrella fugaz cruza el cielo ante nuestros ojos, y parpadeamos; el conjuro que se había tejido sobre nosotros se desvanece, y volvemos una vez más los ojos a la tierra. ¡Cuántas maravillas alberga el cielo estrellado para aquellos que, con la pureza de un niño, pueden surcar con la imaginación sus amplitudes! Solo necesitamos alejarnos del bullicio de las ciudades, y dirigir nuestra mirada a los cielos para que la madre Nut, la diosa del firmamento, nos recoja en sus brazos y nos lleve de viaje entre las estrellas.



