Héroes cotidianos (catástrofe del Prestige)Costa gallega, un aciago día del mes de Noviembre de 2002, un barco cargado de negro fuel, negro como la bandera pirata que hubiera ondeado en su mástil si lo tuviera, sembró de muerte, destrucción y peor aún, de desconcierto, de un “no pasa nada” ese bello “Final de la Tierra” de la vieja Europa. Y así volvió, como en la Edad Media, el abismo negro plagado de monstruos. Olas negras, mareas negras y un gran monstruo que duerme en su interior roto en dos pero lleno de negras suciedades.

La tragedia se desencadenó en la Costa de la Muerte, así llamada por los marineros que saben que para ganar el pan de cada día se tienen que jugar la vida en una lucha con el bravo mar, con un mar que les vende muy caro las capturas que llevan en sus redes. Un mar que sabe de lágrimas de mujeres que esperan descalzas, sin aliento, a que el mar les devuelva sus maridos, sus hijos, sus padres. Un mar digno para hombres y mujeres dignos.

Pero ahora este mar majestuoso, fuerte, potente, parece haber perdido su dignidad cuando aparece negro, sucio, lentificado por una manta espesa de una lava fría que lo mancha todo a su paso. Todo parece haber perdido la dignidad, no sólo el mar, sino también el ser humano que provoca esto, el que lo permite, el que miente para no perder votos, el que miente para ganarlos. Todos.

Los únicos que guardan su fuerza, su nobleza desarrollada por siglos de lucha con una tierra dura, son quienes luchan día a día con un mar duro que mucho de ellos cruzaron buscando una vida y un mundo mejor pero con el deseo de querer que sus huesos descansaran en la tierra húmeda mojada por miles de lluvias. Y los que quedaron y lucharon viendo cada día el brillo de los pinos y el florecer de las camelias, y sentir como esa tierra olvidada lo seguía siendo.

Ellos, hombres y mujeres del mar son los que luchan a brazo partido, con sus manos. Son los que salen a encontrar esas negras manchas de fuel para retenerlas antes de que lleguen a sus costas. Son los que limpian con sus manos las rocas de donde antes sacaban el sustento. Son los que en su desesperación no dejan al desánimo ni un momento pues la lucha continúa. Marineros negros, manchados de fuel que en las barcas donde antes traían la vida ahora traen la muerte. Barcas negras de luto por una costa que se muere.

Héroes cotidianos (catástrofe del Prestige)

Pero frente al negro está el blanco, el blanco de la generosidad, de miles de manos, jóvenes y viejas, que fueron a Galicia a luchar contra esa marea negra. Un ejército blanco en las playas, entre las rocas, que poco a poco iba manchándose de ese negro pero sólo por fuera, pues por dentro estaba el ánimo blanco de seguir trabajando. Los blancos no sólo luchan contra el negro del fuel, también contra el negro del desánimo de ver que la labor que realizan cuando vuelve a subir la marea, el negro vuelve otra vez. Pero siguen un día, otro y los que hagan falta. “Quiero volver a luchar”, son las palabras de los voluntarios que vuelven a sus tierras de origen, a veces muy lejanas de la bella Galicia, y sin embargo cercanas en lo más profundo del corazón.

Blancos voluntarios que trabajan codo a codo con blancos marineros, blancas mujeres del mar, blancos jóvenes gallegos que pasan sus días entre la negra muerte, y que cuentan que la vida sigue pero que ya no será igual.

Gea, la Tierra, ve cómo seres blancos y negros luchan: gigantes contra gigantes. ¿Se preguntará por qué, ella, que siempre lo da todo, la que con generosidad nos da la vida, el aire que respiramos, los alimentos que comemos, tiene que sentir como sus hijos se enfrentan en una lucha sobre ella y por ella? ¿Quién vencerá? ¿El blanco? ¿El negro?

Esperamos que sean los blancos héroes cotidianos, los que día a día trabajan sin esperar más de la vida que lo que ella quiera darles, que son buenos, que son generosos y que ante una llamada de auxilio, sin saber bien por qué, acuden, adonde el corazón les llama.

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