Catedrales verdesHoy lo viejo y lo antiguo suele posponerse a lo rentable, lo económicamente provechoso. Y cuando es a la inversa es porque a las cosas con solera pueden sacársele pingües beneficiosos. Esto es cuando extendido a todo, desde los viejos ideales hasta los vetustos braseros de carbonilla. Quiero desde aquí elevar mi admiración y respeto hacia algo también viejo y antiguo: las “catedrales verdes”, los enormes y longevos árboles, cada vez más raros.

Han sido y serán los grandes patriarcas de la naturaleza terrestre, los inalterables observadores de los cambios que Cronos provoca en su incesante devenir. Algunos impresionan por su talla desmesurada (como eucaliptos australianos con más de 150 m. de altura), otros por su dilatado perímetro (un castaño llegó a medir 20 m. de diámetro, y algunas especies mejicanas llegan hasta los 16 m.), todos por su edad. Los árboles actuales más viejos sobrepasan los seis mil años de vida (como sucede con algunas sequoias del Parque Nacional Sherman, USA).

Todas las civilizaciones han captado, en un sentido u otro, el valor que estas magnas construcciones vivas tienen. El roble fue sagrado para los celtas, el olivo para los legendarios tartesios. Los griegos tuvieron diversos árboles sagrados para sus deidades (encina, olivo, mirto, higuera, pino, álamo). La encina era venerada por los romanos y el abeto por los pueblos centroeuropeos. Siempre escogiendo los más grandes, los más viejos. En nuestro país todavía conservamos algunos árboles totémicos: el famoso Draco de Icod, el Roble de Guernica, el Pino de los Tres Pies en tierras catalanas, numerosos castaños en Galicia, Cantabria y León, encinas en multitud de centros de tradición mariana. Pero ¿cuál es la peculiaridad que hace del árbol grande una catedral verde?

En primer lugar, los árboles viejos, enormes, tienen un fuerte carácter simbólico, sintetizando la mágica sabiduría de toda una civilización. Su longevidad, su morfología suntuosa, su gran tamaño, son todo un símbolo de perdurabilidad, de constancia inalterable a través de una experiencia cuantiosa. Verdaderos canalizadores de energía, son totems, centros escogidos por los dioses para comunicarse con los mortales. Símbolos de sabiduría, de vida, a sus altas copas llegan primero los benéficos rayos solares y a través del follaje se van filtrando, repartiendo, hacia todos los seres.

Entre todas sus estructuras nacen, viven y mueren miríadas de formas de vida, visibles e invisibles. Todas dependiendo de él, todas alimentándose del Sol por él distribuido y canalizado. Los grandes árboles han sido, quizás por esta causa, los primeros templos, los puntos de contacto entre el hombre y los seres superiores. Y esta tradición se mantuvo hasta épocas recientes, en que los gobernantes impartían justicia bajo los árboles en torno a los cuales se habían edificado las ciudades. Tal es el caso del Haya de Vincennes en Francia o el Roble de Guernica. Símbolo cosmogónico, a través de él puede interpretarse la creación, como ocurre en el Atharva Veda hindú, en que los diferentes dioses se asemejan a ramas del árbol Skambla, forma elemental de Brahman, el Árbol universal. En similar dirección están los diferentes Árboles de la Ciencia, o del Bien y del Mal, presentes en multitud de tradiciones.

En un aspecto ecológico, el árbol es el verdadero regidor de la estabilidad en los ecosistemas terrestres. Controla la intensidad lumínica del bosque, determinando el tamaño de las especies menores, y por lo tanto la estructura de todo el conjunto. Gracias a su talla, se manifiesta una estratificación que hace compatible la mutua existencia de las formas de vida. Sus extensas raíces afianzan los suelos, enriquecidos continuamente con sus depósitos inertes. La variedad de recursos alimenticios y espaciales que ponen a disposición de la fauna hacen posible la existencia de una alta diversidad enriquecedora y estable. Merced al microclima que crea, de reducción de las temperaturas, mantiene el nivel de agua, conservando el preciado elemento.

Sin embargo, hoy en día, pese a todos estos alegatos a favor del gran árbol, la situación para estos colosos vegetales es realmente preocupante. Las esferas del poder, los centros de decisión, sólo se mueven por otro verde, y todavía muchos prefieren los sistemas inestables, deforestados, de ganancias rápidas, a los estables, complejos, de menor rentabilidad a corto plazo.

Siquiera por ética, se debe un respeto a esas canas verdes que tanta energía han costado, tanto han enseñado, solazado e inspirado a muchas generaciones. Si la Naturaleza ha logrado basándose en su sabiduría estos monumentos vivos, su existencia no depende ahora de la tenacidad, sino de un azar que escapa a sus posibilidades, el azar de que alguien quiera construir una casita de campo en ese preciso lugar, o plantar unos forasteros y esmirriados eucaliptos en el feudo del coloso.
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