Circula por Internet un cuento que se parece a otro de García Márquez sobre la fuerza de las sensaciones que se convierten en impresiones colectivas y llegan a modificar los acontecimientos.

Cuentan que en un  cruce de caminos, con mucho tráfico de personas y vehículos, un hombre sencillo del pueblo había instalado un pequeño chiringuito donde vendía unos bocadillos, que él mismo preparaba. Se ve que supo acertar en el gusto de la gente, pues el negocio iba viento en popa, a los pocos meses de ponerlo en marcha. Hay que decir que nuestro protagonista no escuchaba la radio, ni leía los periódicos;  no tenía tiempo, tal era el trajín de atender a su cada vez más numerosa clientela,   ir a comprar las materias primas y demás tareas. El éxito le animó a ampliar el local. Compró un terreno allí cerca y montó un establecimiento más amplio, con un letrero luminoso y algunos rótulos que invitaban a probar sus “exquisitos bocadillos”.

La demanda no paraba de crecer y se sentía desbordado. “Tienes que buscar a alguien que te ayude, tú solo no puedes”, solía decirle su mujer, cuando lo veía llegar agotado a las tantas, eso sí, con un buen fajo de billetes. Ambos se acordaron de un sobrino que vivía en la capital y trabajaba en una importante empresa como gerente y lo llamaron para contratarlo. “¿Cómo es posible que estés ampliando el negocio, con la crisis tan grave que tenemos? Todo el mundo está sin dinero, incluso dicen que va a ir a peor”,  le espetó antes de responder a su oferta. “No sé a qué te refieres, sobrino, yo no leo los periódicos, ni veo la televisión”, respondió el bocadillero, con cierta desazón.  Se  quedó pensativo: “mi sobrino debe saber de lo que habla, él ha estudiado y vive en la capital. Viene una crisis muy grave y no es tiempo para desarrollar el negocio, debo hacer un plan”, se dijo. Revisó las cuentas y empezó a comprar menos ingredientes para los bocadillos y de menor calidad, limitó las variedades que ofrecía,  hasta llegó a encender durante menos tiempo el luminoso que señalaba la entrada al local y canceló los anuncios que había encargado en el periódico. Cada vez venían menos clientes, cada vez vendía menos bocadillos, y pocos vehículos paraban ya en el cruce de caminos. El hombre pensó que su sobrino tenía razón: había una crisis muy grande. Poco tiempo después colgaba el cartel de “se cierra” en su negocio.

Deberíamos preguntarnos hasta qué punto este fantasma omnipresente  está condicionando nuestras vidas en lo que de verdad importa y qué podemos hacer para  que la crisis se convierta en una oportunidad. Las cosas hubieran sido muy diferentes para el protagonista de nuestra historia si no hubiera hecho caso a los temores agoreros de su sobrino.

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