El buen ejemploLo bueno que tienen estos períodos de crisis, estos tiempos en que nos parece que todo se derrumba, es que nos obligan a reflexionar sobre lo que pasa, encontrar sentido a nuestras experiencias, preguntarnos sobre lo que es importante o necesario. Cuando lo que mas crece a nuestro alrededor es la escasez, nos preguntamos qué es lo que más falta nos hace, qué puede ayudarnos a encontrar salidas a los atolladeros que nos arrinconan.

Cuando uno está medio ahogado busca asideros que faciliten el impulso hacia arriba, que animen a sostener el esfuerzo por mantenerse a flote. Es decir, que necesitamos estímulos para continuar la lucha por la vida, no solo promesas de que obtendremos recompensas o bienes materiales. Es algo más profundo, que se produce en el alma, lo que actúa como un pequeño motor que sostiene nuestros desvelos y aumenta nuestra capacidad de aguante.

Uno de los más eficaces es el poder de los buenos ejemplos, que vienen a ser algo así como la pedagogía de la vida, lo que nos va señalando el camino a seguir. Si la fuerza de los buenos es animadora, la de los malos el todo lo contrario, como parece evidente. “Actúa de manera que la máxima de tu conducta pueda convertirse en ley universal”, decía Kant, que hablaba de la paz perpetua, como la gran meta soñada.

Si todos deberíamos dar buen ejemplo, hay en nuestra sociedad personas que tienen una obligación aún mayor de sostener el buen ánimo de los demás, con sus actitudes y buenas acciones: son precisamente las que tienen mayor poder, mayor influencia, las que están ocupando posiciones relevantes, a la vista de todos, en estos tiempos en que todo se acaba sabiendo. Nada puede dar una mayor cohesión y ánimo a la gente en momentos difíciles que recibir de los llamados personajes públicos los buenos ejemplos de honradez y solidez moral.

Plutarco, que era también sabio en los valores morales, ya dejó escrito hace siglos aquello de que “la mujer del César no solo debe ser honesta sino parecerlo”. Y ahí está el problema, que como mucho, intentan parecer honestos, pero sin serlo y lo que vemos es una fachada, un decorado que se presenta con adornos y bellas palabras, pero que en realidad esconde una casa en desorden y llena de suciedad que se va acumulando y empieza a dejarse ver tras las declaraciones grandilocuentes de llamadas a la solidaridad o promesas de transparencia.

El buen ejemplo de concordia de miles de personas buscando la sabiduría y el conocimiento y  dedicando parte de su tiempo para mejorar el mundo que ofrece Nueva Acrópolis en más de 60 países nos anima a continuar por esa senda en estos tiempos convulsos

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