Saber soñarShakespeare, que fue un maestro de los pequeños misterios de la vida, supo resumir uno de los más complejos en una sola frase, que se encuentra en “La Tempestad”, tan conocida como enigmática: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, como indicándonos que soñar es una de las ocupaciones más insoslayablemente humanas.

Con ser importante, nadie nos enseña a soñar, ni se nos explican los variados modos, ni la diferencia entre soñar despiertos y soñar dormidos, ni en qué se parecen la muerte y los sueños. Nadie nos proporciona tampoco la manera de convertir lo que soñamos en realidad, ni qué se necesita para conseguirlo.

Peor aún, hemos sido entrenados a llamar soñadores a esas personas que no tienen los pies en la tierra, insensatos que no saben reconocer las dificultades que presenta la vida,  fantasiosos que se escapan de las obligaciones, impulsados por infantiles anhelos o en locuras que desafían la sesuda racionalidad.

Como mucho, la publicidad nos ofrece a veces inspiradas recreaciones de ese mundo onírico y misterioso, en su esfuerzo por pulsar en nosotros recónditos resortes  motivadores, ocultos en nuestro subconsciente y así, sus anuncios nos convocan a comprar desde billetes de lotería hasta teléfonos móviles o a gastar más electricidad, con la promesa de que nos van a trasladar a ese mundo donde habitan nuestros sueños más estrafalarios.

La clave de interpretación de la frase del gran Shakespeare puede llevarnos a pensar que lo que quiere decir es que lo que somos ahora, hoy lo hemos soñado alguna vez, que es como decir lo hemos deseado, lo hemos dibujado en el pasado, aun con perfiles titubeantes. No en el sentido de dibujar fantasías inútiles, sino como un ejercicio de imaginación, que es uno de nuestros poderes secretos. Y así sucederá en el futuro, que seremos lo que deseemos ser, lo que seamos capaces de imaginar sobre nosotros mismos. Hay una especie de poder interno, que nos toca descubrir a través de esa metáfora tan bella.

Me has hecho reflexionar sobre estas realidades transcendentes,  después de que tú, joven estudiante, cargado de futuro, has dibujado el panorama de tus aspiraciones, explicándome que no temes a ningún obstáculo, a ninguna crisis que se interponga entre ti y lo que quieres llegar a ser, que sientes que tienes todo el mundo por delante, tus ganas de trabajar y el bagaje intenso de tu afán por aprender y desarrollarte. Y me has confesado tu asombro, al notar que son pocos los que enfocan así su vida, ahora que podemos decir que está empezando. Y los ves derrotados, antes de haberlo intentado, asustados ante los peligros, casi cobardes. Y he sabido que tú sí lo vas a lograr. Y he comprendido mejor la frase de Shakespeare.
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