La nueva Edad MediaEn el último simposio internacional sobre filosofía que Nueva Acrópolis ha celebrado recientemente en Croacia, con la participación de más de quinientos investigadores, procedentes de medio centenar de países en los que se encuentra implantada nuestra Organización Internacional, el tema propuesto era la Nueva Edad Media. Se trataba de comprobar si efectivamente y como algunos pensadores vienen señalando, los signos de los tiempos que vivimos presentan rasgos neomedievales, dado que nos encontramos desde hace algunos años en una fase de transición entre modelos políticos, culturales, económicos, tal como ha ido sucediendo a lo lago de la Historia.

Hace  treinta años, cuando Jorge Ángel Livraga, Furio Colombo y Umberto Eco, entre otros, platearon la hipótesis neomedieval, algunos pensaron que se trataba de una metáfora que, si se convertía en realidad alguna vez, sería en un futuro lejano.

Hoy, la Edad Media parece instaurada en nuestro mundo, con sus rasgos específicos, que la diferencian  del pasado período que siguió a la desintegración del Imperio romano en Occidente. La crisis económico financiera que estamos viviendo actualmente, resultado de  otra más profunda, de carácter moral y psicológico, vendría a ser uno de esos síntomas, que fuerzan a cambios de actitud ante la vida, revisión de valores y de perspectivas.

De los trabajos presentados, elaborados en lugares muy diversos, se pone de manifiesto la variedad de matices y de intensidad que presenta esta nueva Edad Media, según áreas geográficas, más o menos desarrolladas, pues hay países que a pesar de la globalización no han conseguido superarla.

Un rasgo parece común a todas las Edades medias en general y a la presente en particular: la inseguridad, que se instala en todos los ámbitos de la vida y no sólo la que afecta a las ciudades, junto con la amenaza permanente de la pobreza y la marginalidad que afectan a muchos sectores de la población. El futuro es cada vez más incierto y la vida humana, la integridad de la persona se ve amenazada aún en los movimientos más cotidianos, pues el peligro acecha por doquier. También amenaza a la salud, pues se registran brotes de enfermedades contagiosas, en forma de pandemias, que recuerdan a las temibles pestes medievales, que diezmaban la población.

Ante esta situación, de tintes apocalípticos, la OINA se reafirma en su tarea formativa, pues el desarrollo de las cualidades espirituales y morales es la mejor forma de encontrar nuevas claves que orienten el deseado renacimiento y al mismo tiempo, redoblar esfuerzos para  ayudar a los más desfavorecidos a atravesar esta edad de paso de la manera más digna posible. Es el momento de recurrir a las inmensas reservas de conocimiento y sabiduría, para encontrar las claves de un nuevo ciclo, más justo, que permita a la humanidad superar los desastres y las crisis,  tal como sucedió en otros momentos de la historia.
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