Siddhapura, la isla blanca

Tíbet, en una pequeña aldea situada en la ladera de una montaña de la cordillera de los Himalayas, la montaña Khang-Tise, morada del dios Siva y su esposa Parvati.

Una noche en la que el cielo estaba enfuruñado, con vientos cargados de aguanieve, se oyó el chillido de un niño que acababa de nacer. La comadrona lo limpiaba mientras cantaba una tradicional canción del lugar, al tiempo que el padre, un dokpa, un pastor llamado Lagspa, caminaba nervioso, esperando en la puerta de la casa abierta a un monje del monasterio cercano, un nieunechés, que en aquellas inhóspitas regiones practicaba el arte de adivinar y trazar el horóscopo de los recién nacidos. Venía, como era costumbre, a anotar la hora exacta en la que el niño había inspirado por primera vez fuera del vientre de su madre. El buen dokpa hizo las genuflexiones establecidas ante el lama y le pidió que se diera prisa.

Palacio de PotalaDespués de instantes de silencio contenido, el monje levantó la vista con los ojos desorbitados y con la boca abierta expresando estupor.

«Por el Gran Maestro Shon-Ka-Pa -exclamó casi tartamudeando-, señor, su hijo, su hijo…»
«¿Qué? -preguntó expectante el padre-, ¿qué?»
«Su hijo está predestinado para algo grande. Los planetas que rigen su estrella indican que su Dharma es ser monje. Tal vez deberían considerar que, a la edad preestablecida, sea admitido en el Potala.»

La edad preestablecida para ser admitido era los siete años y el momento más adecuado para ir, la festividad del Año Nuevo. Hasta entonces, los padres, sabedores del gran destino de su hijo, se esmeraron en darle todo el cariño del mundo y el más severo de los ejemplos. Cuando llegó el momento, Lagspa cogió suficientes provisiones y partió hacia Lhasa con su hijo Shankara. Después de varias semanas de caminar por valles y montañas, soportando un cierzo helado y alimentándose frugalmente con un poco de tsampa y té caliente, alcanzaron a ver las líneas elegantes de los numerosos tejados dorados del Tsi Potala. Allí, un monje amigo de la familia cogió la mano del niño y lo condujo al interior del misterio. Ninguno estaba triste, ni padre ni hijo, pues ambos sabían que ante él se abría un mundo de maravillas, a las que sólo accedían unos pocos privilegiados.

Pasaron algunos años.

El Potala está construido sobre la ladera de la montaña, en forma de terrazas o escalones, y gran parte de la estructura no sólo se apoya en la misma ladera, sino que forma parte de ella, horadándola y construyendo en su interior numerosas salas, pasillos, pasadizos, un verdadero laberinto. En muchos lugares se escondían habitaciones en las que se encontraban los Lha khang, estatuas terribles representando todas las personalidades simbólicas y místicas del Tíbet. Y en otras más recónditas y oscuras se podían ver los dioses y demonios, que ya eran viejos en estas tierras antes de que llegara el primer monje budista.

Pero había rincones más ignotos si cabe, donde se decía que habitaban entes terribles y maléficos, sólo contenidos por el poder de las fórmulas y las ceremonias mágicas de monjes especialmente instruidos, que se turnaban las veinticuatro horas del día. Si las palabras cuyo poder oculto les subyugaba dejaran de ser pronunciadas en el tiempo oportuno, saldrían de sus prisiones para asolar el mundo.

Los jóvenes habían sido prevenidos de que no debían entrar en determinadas zonas del monasterio, sobre todo, tal como les habían recomendado sus instructores, era conveniente que no corretearan por los pasillos de la planta inferior del edificio, y que no se adentrasen en sus pasadizos, pues éstos se internaban en las entrañas de la cordillera himaláyica, y nadie parecía saber dónde acababan. Muchos se habían perdido y nunca regresado. Sin embargo, Shankara no tenía miedo. Siguiendo su instinto, un día decidió adentrarse un poco más de lo permitido en los pasadizos subterráneos del Potala. Si aquel pasadizo hubiese seguido en línea recta y no hubiese tenido otros pequeños que se desviaban a derecha o izquierda, volver hubiese resultado bastante fácil, pero no fue así, y cuando se quiso dar cuenta, estaba definitiva y totalmente perdido.

Oía el latir fuerte de su corazón, y nada más. Veía la negrura que le rodeaba y pensaba que aquello no podía estar pasándole a él; pero así era. A pesar de todo siguió caminando hacia algún lugar que él creía que era «delante.» Al poco percibió una lámpara, y arropado por su luz se detuvo en la primera cosa interesante que encontró: una estatua, la estatua de un hombre sentado con las piernas cruzadas sobre una roca un poco más elevada. Sus manos huesudas, con larguísimas uñas que se retorcían en todas direcciones, se apoyaban en las rodillas; y su pecho y cintura, esqueléticos hasta el punto de marcarse profundamente las costillas, estaban cubiertos por una gran barba que se arremolinaba finalmente en su regazo; el cabello, también exageradamente largo, caía sobre los famélicos hombros cubriéndolos parcialmente a la vez que el rostro, del que entre barba y pelo apenas se percibían unos ojos cerrados, hundidos en las cuencas de la frente. Por un momento el niño pensó si no sería un hombre, pero toda la estatua estaba pintada de blanco: blanco era el pelo y la barba, blanca la carne y, además, pensó, si fuese un hombre la respiración le hubiera delatado, pero aquella estatua no respiraba.

Shankara se acercó más y lo contempló desde distintos puntos de vista «¡Por el Gyap gueune bou!, exclamó, parece un hombre.» Sabía que algunos monjes, a los que llamaban eremitas, se alejaban del mundo y se metían en cuevas o en pequeñas estructuras enteramente cerradas y ahí pasaban años y años, sumidos en el sagrado sueño de Bramâ. ¿Era este el caso? Tal vez fuese un potente waldjorpa, un yogui tibetano. Intrigado, se sentó cerca de él, en la postura del loto, y guardó silencio concentrando su vista en los ojos de la misteriosa figura. Su esfuerzo fue premiado porque, después de un buen rato, los ojos de la estatua se abrieron, trayendo al mundo de los mortales el alma de aquel eremita que, seguramente, habría viajado por lugares alucinantes sin mover un sólo músculo. Sorprendido también por la inesperada visita, aquel ser miró con asombro a Shankara, y con mucho esfuerzo logró que sus cuerdas vocales arrancaran unos pocos sonidos, que el muchacho interpretó como algo parecido a: «¿Quién eres y qué haces aquí?» Shankara se apresuró a confesarle que se había perdido.

Con inmensa paciencia y dificultad la estatua blanca indicó el camino de vuelta al joven. Nuestro personaje miró al anciano eremita agradecido, parecía a punto de romperse en mil pedazos, le saludó juntando las dos manos sobre el pecho e inclinando la cabeza, y se fue musitando un «¡Lha gyalo! ¡De tamtché pam!»: «los dioses triunfan, los demonios son vencidos.»

Shankara volvió a su celda, por suerte nadie se había percatado de su desaparición. Pero en sus sueños aparecía constantemente una estatua blanca.

Pasaron dos días y el joven monje se atrevió a descender a las profundidades de la montaña, pero esta vez cogió un cuenco con un poco de tsampa, por si lo quería aceptar el ermitaño. Cuando llegó hasta él se acercó y depositó el cuenco de arroz en su regazo, luego se sentó en el suelo a dos metros de distancia, esperando.

A las tres horas, cuando el niño cabeceaba semidormido, el eremita abrió los ojos de nuevo, como si regresara de un largo viaje al que no se había llevado su cuerpo. Después de unos momentos en los que se observaba claramente cómo su cuerpo se iba poniendo en funcionamiento, el eremita alargó la huesuda mano de largas y retorcidas uñas, cogiendo con dificultad el cuenco, y con la otra fue llevándose puñados a la boca. Shankara estaba adormilado y no presenció aquel «espectáculo», hasta que terminando de comer, el ermitaño colocó el cuenco en el suelo, produciendo un sonoro golpe.

El joven despertó con un sobresalto y frotándose los ojos miró hacia el waldjorpa, que parecía ahora más hombre que estatua. Se sorprendió de que pareciese humano, de que se hubiese comido el tsampa y, más aún, de que le hablase:
-Gracias, Shankara. ¿También te has perdido esta vez?
-No -contestó el joven-. He venido a darle las gracias…
-Pues gracias.
-Pero, ¿cómo sabe mi nombre?
-No creas que por estar aquí meditando desconozco lo que ocurre en el mundo. Te aseguro que he visto más países que los que tu puedes nombrar, y pocas cosas que desee saber permanecen ocultas para mí.

El muchacho, aunque intrigado, no quiso molestar al asceta y simplemente calló. Pero este, sin más explicaciones, empezó a contarle historias del Potala, de los Dalai-Lamas, de Nâgârjuna, Asuramaya y otros grandes sabios que alguna vez habían estado estudiando en el mismo lugar que él. Así estuvo un buen rato, siguiendo su propio discurso, mientras él escuchaba atentamente, hasta que de pronto el sabio calló y se quedó expectante, como si alguien le estuviera llamando. Le dijo: «Tengo que irme, Shankara, ha sido muy grato hablar contigo, vuelve otro día», y de nuevo entró en el estado de parálisis y concentración en el que se asemejaba a una estatua de piedra. Su cuerpo cogió rigidez, la piel se volvió blanca y las venas se petrificaron, incluso parecía que el corazón dejaba de latir. «Pero, se preguntó el niño, ¿adónde ha ido?»

SiddhapuraA partir de ese día, Shankara volvió en muchas ocasiones a visitar al eremita, trayéndole siempre un poco de tsampa y té, aunque el waldjorpa no siempre «estaba». Durante un par de años fue a visitarlo y a aprender de él, hasta que un día el eremita le preguntó:
-Hijo mío, ¿te gustaría conocer la Isla Blanca?
El joven no sabía que era la isla Blanca pero afirmó con ilusión.
-Sí, maestro, por supuesto que me gustaría.
-Pocos conocen de su existencia, Lanú, pero ha llegado la hora de que tú seas uno de los privilegiados.

Diciendo esto, el ermitaño se levantó como si tuviese un dominio total de su cuerpo, pese a haber estado agarrotado al mantener una posición forzada durante años, y empezó a caminar por un pasillo lateral, diciendo simplemente: «Sígueme».

Caminaron por las entrañas de la tierra, a oscuras, durante mucho tiempo, tanto que no sabría decir si fuera era día o noche. Las horas pasaron imperturbables y aquel hombre no se detenía por nada. Andaban, andaban, tanto, que Shankara pensaba que estaban dando la vuelta al mundo.

Al fin, el ermitaño, que en el camino no había pronunciado ni una sola palabra, se paró delante de una pared. Al contrario de las de los pasillos dejados atrás, esta se presentaba totalmente lisa y se elevaba hacia lo alto perdiéndose en la oscuridad de la lejana bóveda de piedra. Lo único que en ella destacaba eran unas líneas dibujadas en su superficie, representando extraños jeroglíficos. El asceta, quieto, inmóvil, se concentró, parecía extraer de su memoria alguna información fundamental, hasta que al final habló. Su voz de ultratumba era distinta, más profunda que la de cualquier lama que el hubiera escuchado recitando mantras, parecía vibrar en toda la escala cromática musical, e invadía, como un viento perfumado, todo a su alrededor. Al sonido sobrenatural producido por el anciano, al requerimiento de aquellas ngags, palabras mágicas, las líneas de la pared parecieron responder y se iluminaron: de un lado a otro, subiendo, bajando, girando, formando figuras geométricas imposibles. Las líneas dibujaron claramente el perfil de lo que podría ser una puerta, que, al toque de un solo dedo del asceta, se abrió, desvelando detrás un mundo nuevo.

El ermitaño hizo un gesto a Shankara y éste cruzó la mágica puerta. Ambos estaban ahora al otro lado de las montañas, las que se elevaban tras ellos gigantescas y majestuosas; pero delante se extendía un vasto desierto. ¿Dónde estaban? ¿Qué desierto era aquel? ¿Habían simplemente llegado a otro lugar tras la cordillera del Himalaya, o habían cruzado a otra dimensión? No podía saberlo, el ermitaño no hablaba. Imperturbable en la quietud como en el movimiento, en la oscuridad como en la luz, en el frío como en el calor, comenzó a andar pisando aquellas arenas amarillas que parecían olas perdiéndose en la distancia, y Shankara, cansado pero expectante de lo por venir, le siguió.

Poco tardaron en divisar algo en el inmenso infierno del desierto, pues a lo lejos, borroso como un espejismo, le pareció ver una estructura arquitectónica que rápidamente identificó como un puente, pero, ¡oh maravilla de maravillas!, aquel puente se alargaba y se alargaba en la distancia kilómetros y kilómetros, sin columnas ni apoyos intermedios, alzándose en una suave curvatura sobre un lago inmenso y bello, de brillantes aguas tornasoladas y opalinas.

Caminando sobre el empedrado suelo de mármoles blancos perfectamente pulimentados, cuando llevaban unos diez kilómetros, las nubes bajas fueron desapareciendo mostrando el espectáculo más maravilloso que mente humana pudiera imaginar. Aquello era una ciudad, una ciudad de proporciones inmensas, con torres espectacularmente altas coronadas con techos de plata y oro, con cúpulas abultadas en la base y rematadas en la punta como el cerrado brote de un loto, con edificios rodeados de columnas estriadas fabricadas con jade y pórfido púrpura. Se podían apreciar jardines espaciosos pletóricos de árboles que se elevaban por encima de las casas abriendo sus copas protectoras. Pero eso no era todo, por doquier pudo apreciar que había objetos cruzando el cielo, seres que volaban planeando por la majestuosa ciudad para desplazarse de un lado a otro. Se les veía poderosos, señoriales y, según le comentaba su maestro, ahora más locuaz, aquellos seres, llamados por algunos los Hijos de la Niebla de Fuego, no sólo podían volar por el aire, sino también desplazarse por el fondo de las aguas, y el fuego no podía quemarlos, pues tenían ilimitado poder sobre los Elementos.

Shankara se había parado contemplando tanta belleza y el ermitaño decidió contarle más cosas.

-Esta es, Lanú, la Isla Blanca, la Tierra Eterna, la Ciudad del Puente: Siddhapura, donde los dioses se asentaron cuando se inició la evolución del mundo; los Hijos de la Sabiduría. Millones de años han pasado, evos sin fin, y la Tierra ha sufrido grandes catástrofes desde entonces, su eje ha cambiado de posición varias veces, y terribles destrucciones volcánicas han transformado su faz, ora elevando del fondo del mar continentes, ora hundiéndolos bajo el manto protector de los infinitos océanos; pero, nunca, nunca esos acontecimientos dañaron la Isla Blanca. Antes el lago era tan grande como este desierto, y le llamaban el Gran Océano, y no existía el puente que estamos cruzando. Después el océano se convirtió en desierto, pero la Isla siempre fue el mismo trozo de tierra, su ciudad se mantuvo siempre indestructible y sus moradores, inmortales, siguen viviendo en ella, hasta que los hombres mismos terminen su ciclo evolutivo y se conviertan en dioses.

Shankara no salía de su asombro. Sus pies descalzos entraron por los propíleos que a modo de enorme arco de triunfo daban paso a la urbe. Las calles estaban pavimentadas con lajas de calcedonia, y las casas, algunas forradas de metales preciosos, tenían ventanas con cristales alquímicos que trasmutaban la luz del Sol creando atmósferas opalescentes. Todo era gigantesco, hermoso, y leves brisas con vida propia llevaban perfumes, inciensos, olores de rosas, madreselvas, azahar, miel, que lo invadían todo. Era reconfortante, tanto, que el cansancio parecía desaparecer.

Cruzando por calles, a cual más bella, llegaron a un lugar abierto y espacioso, donde elevado sobre varios juegos de escaleras y rampas que subían cruzándose simétricamente, se levantaba una estructura de columnas, cúpulas y torres que parecían romper todas las reglas de la arquitectura y la gravedad, y casi flotar sobre la ciudad.

Hasta su entrada principal sin puertas llegaron, adentrándose en un océano de luz y sombras, de colores suaves ultradimensionales que parecían tirar de su alma sacándola fuera del cuerpo, elevándola hacía los inmortales. Aquel era el Templo Supremo donde se adoraba a Dios desde el principio de los tiempos, al Dios Único, sin nombre, al que todos los pueblos habían deformado con su limitada visión y que era el Dios de los hombres, de las plantas, de los animales, de los planetas y de las estrellas sin fin, desde el átomo al infinito. El Dios que no tiene cuerpo, que no se puede representar con NADA y que es TODO a la vez. Era a su vez el Trono del Rey del Mundo, el Mahâ-Chohan, desde dónde aparentemente dormido velaba por el desarrollo de las conciencias.

Después, el asceta siguió enseñándole la ciudad, pero en ningún momento hablaron ni se comunicaron con sus habitantes; estaban en su mundo, prohibido para los mortales. Sin embargo, parecía que el asceta tenía permiso para entrar y con él el joven. Cuando lo creyó conveniente, le indicó que debían irse, y maestro y discípulo recorrieron el camino de regreso, llegaron al puente, lo cruzaron, se adentraron en el desierto hasta la montaña con el pasadizo secreto, y de nuevo el eremita pronunció aquellos extraños sonidos, provocando que se abriese la misteriosa puerta.

Cuando la cruzaron, el asceta habló.

-Esta puerta es una de las pocas entradas a la Isla Blanca, hay otra en las majestuosas ruinas de Ellora, otra en Elephanta, en las cuevas de Ajunta, y la última en la cordillera de Chandor. Todas son puertas mágicas, y sólo se pueden abrir con unas Palabras de Poder. Desde generaciones sin cuento, un guardián en cada puerta ha conocido estas palabras, el Java Aleim, el Brahmâtmâ, y solamente se las ha trasmitido a un heredero, en el momento de la muerte. La muerte es sólo el paso a otra forma de vida, Lanú, pero cuando ocurre, el cuerpo ya no puede seguir cumpliendo el deber de proteger la puerta de entrada a la Isla Blanca; por eso has sido elegido, Shankara, si es que quieres aceptar este honor. Tú estas predestinado a ser mi sucesor, a conocer las Palabras de Poder, a proteger a los Inmortales, los Hijos de la Niebla de Fuego, en su retiro. Es una tarea solitaria, pero serán para ti conocimientos que muy pocos hombres conseguirán nunca.

¿Qué me dices? ¿Aceptas?

Shankara había escuchado con atención, con emoción mezcla de alegría y tristeza. Ser el sucesor del guardián del acceso a la Isla Blanca era un honor, pero no sabía si podría soportar tantos años de soledad y, peor aún, si soportaría el peso de la responsabilidad; por eso no contestó. El anciano entendía perfectamente lo que pasaba en el corazón del joven y añadió: «No te preocupes, hijo mío, aún hay tiempo, piénsatelo.»

Volvieron al lugar donde el asceta entraba en meditación, por los mismos peligrosos pasadizos de tosca belleza del principio. En el lugar de siempre se sentó el viejo waldjorpa. En cuanto colocó correctamente su cuerpo, cerró los ojos, pero antes de sumirse en Samâdhi, le dijo al joven: «Nos vemos mañana.»

Shankara volvió a su celda, era de noche y nadie se percató de su llegada, aunque él mismo no sabría decir cuánto tiempo había estado fuera. Lo poco que durmió estaba envuelto en los sueños de los últimos acontecimientos, y encima de él flotaba la pregunta del asceta: «¿Qué me dices? ¿Aceptas?»

Al día siguiente, meditando delante de su maestro, se dio cuenta de que lo que le daba miedo era que parecía que, aceptando la misión, perdía su libertad. Pero mirando el cuerpo blanquecino del eremita, en el cual no estaba su alma, viajando libre por los espacios siderales, comprendió que nunca gozaría de más libertad de la que él disfrutaba. Entonces, su mente y su corazón aceptaron su Destino. En ese momento, como si el maestro estuviese al tanto, sus ojos se abrieron y sus labios pronunciaron unas solemnes y temidas palabras:

-Bien, Shankara, es la hora. ¿Qué me dices? ¿Aceptas? No me queda mucho tiempo.
-Sí -contestó el niño, comprendiendo súbitamente que su maestro había retrasado el momento de su muerte esperando su decisión.

Se acercó hasta él y colocó su oído al lado de sus labios. Lenta, parsimoniosa pero implacablemente, las Palabras de Poder fueron pronunciadas, y sólo un joven predestinado y fuerte como Shankara podía escucharlas sin volverse loco. De alguna forma, aquellas sílabas compuestas sólo de consonantes, vocablos de un idioma pretérito casi perdido dónde cada sonido tenía un poder, se grabaron a fuego en la mente y en el alma del muchacho, acompañadas por extrañas luces y vientos que los rodearon en aquel instante mágico. Y cuando la última sílaba fue articulada, con ella llegó un último suspiro, y el cuerpo del asceta se volvió de nuevo blanco, rígido, como siempre, pero está vez su alma se había ido para siempre y sólo quedaba la cáscara vacía; a ese cuerpo marchito nunca más volvería su maestro.

Shankara, entonces, siguiendo los rituales mortuorios tibetanos, llevó el cuerpo a las montañas y lo dejó para que se lo comieran los buitres. Sin quedarse a contemplar el tétrico espectáculo regresó a su celda, cogió su cuenco y se adentró en los pasillos perdidos del Tsi Potala, para nunca más volver.

Cuento ganador de la XXIV edición del Concurso de Cuentos de Nueva Acrópolis

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