Elogio de la serenidadEs un lugar común, una verdad admitida y asumida que vivimos en la sociedad de la prisa. Haber conseguido ahorrar innumerables esfuerzos, gracias a las técnicas sofisticadas que utilizamos, en lugar de proporcionarnos más tiempo para dedicarlo a los asuntos importantes, ha producido el efecto contrario, ha acelerado el ritmo de nuestras vidas de una manera que podemos considerar perniciosa para nuestro equilibrio.

ExamenesComo sucede con tantas otras cosas dispuestas cíclicamente, que vuelven cada año, nos encontramos inmersos en la época de exámenes, que afecta a una buena proporción de la población.

Filosofía cotidianaEsa es la propuesta que nos vienen haciendo los participantes en el blog relacionado con nuestro portal de filosofía y a juzgar por los comentarios parece tener cierto éxito.

Filosofía para el diálogoDesde sus inicios, la actividad del filósofo se ha venido relacionando muy directamente con el diálogo, esa forma elaborada de la conversación, que conduce al descubrimiento de alguna verdad importante para la vida. Así nos lo enseñó Platón, transmitiéndonos con extraordinaria eficacia la experiencia de los diálogos que presidía y conducía Sócrates.

En ese continuo movimiento que es nuestra vida nos vamos encontrando con una enorme variedad de seres humanos. Ni aun el más solitario o misántropo puede evitarlo, tal es evidencia. Unos se quedan a nuestro lado mucho tiempo, casi todo, otros se esfuman tras pasar con nosotros temporadas, a veces muy intensas y no volvemos a saber más de ellos, ni siquiera nos los encontramos por la calle, con lo fácil que es en una ciudad de tamaño todavía abordable como la nuestra.

La gran escapadaSi hiciéramos caso a los mensajes publicitarios que nos inundan en esta época del año, tendríamos que pensar que el mundo se ha detenido y todos nos hemos ido de vacaciones, es decir, hemos abandonado nuestra escena cotidiana y hemos escapado al país de nunca jamás, a salvo de las incómodas obligaciones y deberes.

Por los que actúanEn ese territorio ignorado y olvidado, trabajan innumerables seres humanos, que mantienen viva la llama de la esperanza en que las cosas pueden ir mejor para todos. No los veremos ocupando titulares, porque muchos piensan que su labor debe seguir siendo callada y algunos la calificarían como insignificante. Y sin embargo, sostienen en lo profundo  a toda la sociedad.

El regreso del mitoSe está produciendo un interés renovado por los mitos, tal como se puede comprobar en las numerosas ediciones que se vienen ofreciendo en librerías y quioscos. Hemos tenido constancia de ello también en la temática de las charlas y tertulias que ofrecemos en nuestras sedes, a las que suele asistir un público joven y atento. Proponemos recurrir a ciertas precisiones sobre lo que entendemos por la palabra mito, pues la utilizamos de manera equívoca: como palabra con contenido que remite a una determinada realidad, aunque no sea la cotidiana, y como todo lo contrario, un mito es una mentira, algo que no significa nada, un engaño, una falsa creencia. Sin olvidar el antiguo enfrentamiento u oposición entre el mithos y el logos, lo cual apunta a una diferencia de matiz entre dos formas de conocimiento.

Sentir la naturalezaEstamos tan sumergidos en los infinitos artificios, tan valorados y buscados en esta época de desarrollo tecnológico, que estamos perdiendo las viejas habilidades de percepción que nos proporcionan nuestros sentidos. Nos hemos acostumbrado a mirar el mundo a través de una cámara de fotos, de vídeo o últimamente desde el objetivo del móvil, que también nos sirve para comunicarnos a distancia y en todo momento; nos asomamos a la realidad a través de las autopistas de la comunicación, más o menos veloces... Los ruidos de nuestras ciudades nos recuerdan que tampoco sabemos vivir sin automóviles, que nos transportan a cualquier sitio... No sabemos estar sin esos aparatos, extensiones de nuestros órganos sensoriales, que diría MacLuhan, aparatos que, por otra parte, hemos de reconocer que nos proporcionan no pocas soluciones a los problemas que se nos presentan.

El pajarillo perdidoNo todos los habitantes de la ciudad somos seres humanos, tan afanosos en hacer desaparecer los vestigios de la naturaleza y rodearnos de rígidas moles de cemento. A menudo nos olvidamos de esos otros moradores, alados y ruidosos que, desde que entra la primavera, revolotean por los espacios abiertos de nuestras calles. Es tan escasa nuestra familiaridad con ellos, que la mayoría de nosotros no sabemos distinguir entre la variedad de sus especies y desconocemos casi por completo sus costumbres cotidianas. Tampoco sabemos descodificar los mensajes que se envían en un lenguaje que desde antiguo se tenía como maravilloso y los que lograron entenderlo eran considerados sabios poseedores de misteriosas claves. Por lo general, a lo más que llegamos es a dejar que capten nuestra atención sus gorjeos y sus inquietos ires y venires, en esos instantes en que somos capaces de escuchar un poco más, o de mirar un poco más. Vivimos en mundos paralelos, que no llegarán a encontrarse, salvo que se produzca una de esas interferencias, o sincronicidades fortuitas con que la vida nos sorprende a veces.

En busca de la realidad
Cada vez con más intensidad, nos vemos inmersos en un universo de ficción, que se nos impone, en sustitución de un mundo real, que nos parece cada vez más lejano e improbable, a medida que vamos descubriendo los encantos de las cosas que halagan nuestros sentidos y responden a nuestros impulsos. Por momentos percibimos que alguien decide por nosotros, y nos hace ver las cosas de una determinada manera, sin dejarnos la posibilidad de reaccionar.

Espíritu navideñoAhora que se encienden tan pronto las luces navideñas en las calles y almacenes de las ciudades y los más variados objetos del lujo se ofrecen, casi obscenamente, a la codicia de los viandantes, se dan a conocer por estas fechas nuevos datos sobre la pobreza en el mundo que invitan a la reflexión.