Dios te libre, poeta,
de verter en el cáliz de tu hermano 
la más pequeña gota de amargura, 
Dios de libre poeta, 
de interceptar siquiera con tu mano 
la luz que el sol regale a una criatura. 
Dios te libre, poeta, 
de escribir una estrofa que constrite; 
de turbar con tu ceño 
y tu lógica triste 
la lógica divina de un ensueño: 
de obstruir el sendero, la vereda
que recorra la más humilde planta;
de quebrantar la pobre hoja que rueda;
de entorpecer, ni con el más suave 
de los pesos, el ímpetu de un ave
o de un bello ideal que se levanta.
Ten, para todo júbilo, la santa
sonrisa acogedora que lo aprueba:
pon una nota nueva
en toda voz que canta;
y resta, por lo menos,
un mínimo aguijón a cada prueba
que torture a los malos y a los buenos.