Salomé Ureña de Enríquez

Alzad del polvo inerte,
del polvo arrebatad el arpa mía
melancólicos genios de mi suerte.
 Buscad una armonía
triste como el afán que me tortura
que me cercan doquier sombras de muerte
y rebosa en mi pecho la amargura.

Venid, que el alma siente
morir la fe que al porvenir aguarda;
venid, que se acobarda
fatigado el espíritu doliente
mirando alzar con ímpetu sañudo
su torva faz el desencanto rudo,
y al entusiasmo ardiente
plegar las alas y abatir la frente.

¿No veis? Allá, a lo lejos
nube de tempestad siniestra avanza
que oscurece a su paso los reflejos
del espléndido sol de la esperanza
Mirad cuál fugitivas
las ilusiones van, del alma orgullo
no como ayer, altivas,
hasta el éter azul tienden el vuelo
si a recibirlas, con piadoso arrullo
sus pórticos de luz entreabre el cielo.

¿Cuál será su destino?
Proscritas, desoladas, sin encanto,
en el vértigo van del torbellino
y al divisarlas, con pavor y espanto,
sobre mi pecho la cabeza inclino.

¡Se estremece el alcázar opulento
de bien, de gloria, de grandeza suma,
que fabrica tenaz el pensamiento;
bajo el peso se rinde que le abruma!
Conmuévese entre asombros
de la suerte a los ímpetus terribles,
y se apresta a llorar en sus escombros
el ángel de los sueños imposibles.

Venid, genios, venid, y al blando halago,
de vuestros himnos de inmortal tristeza,
para olvidar el porvenir aciago
se aduerma fatigada mi cabeza.
Del arpa abandonada,
al viento dad la gemebunda nota,
mientras que ruge la tormenta airada
y el infortunio azota
la ilusión por el bien acariciada,
y huye la luz de inspiración fecunda
y la noche del alma me circunda.

Mas, iahl, venid en tanto
y adormeced el pensamiento mío
al sonoro compás de vuestro canto.
¡Meced con vuestro arrullo el alma sola!
Dejad que pase el huracán bravío,
y que pasen del negro desencanto
las horas en empuje turbulento,
como pasa la ola
como pasa la ráfaga del viento.

Dejad que pase, y luego,
a la vida volvedme, a la esperanza,
al entusiasmo en fuego;
que es grato tras la ruda
borrasca de la duda
despertar a la fe y la confianza,
y tras la noche de dolor, sombría,
cantar la luz y saludar el día.